Estos días he tenido la oportunidad y el placer de formar a más de 20 nuevos emprendedores (por lo menos animarles y ofrecerles algunas claves para el lanzamiento de sus negocios).
Como en ocasiones anteriores, he insistido en la necesidad de contar con un objetivo último. Con una inspiración, con un deseo de alcanzar algo (sea material o espiritual) como fundamento del hecho de emprender primero y del éxito del proyecto empresarial después.
Pues bien, en la mayor parte de los casos (con un porcentaje que asusta) no hay una definición de ese objetivo. Por no haber no hay ni siquiera ese objetivo.
La definición de ese objetivo principal, chulo, inspirador, potente es crucial para poder salir adelante y tener éxito (término que probablemente podría traducirse por alcanzar o no aquel objetivo). Y esa definición es sólo el principio (claro que hay un montón de gente viviendo sin ese principio pero probablemente sus perspectivas son bastante oscuras). Quiero decir, identificar y definir un objetivo cláramente es el primer paso. El segundo es establecer un plan para alcanzarlo. Y es bastante habitual que, en algún momento, sean necesarios ciertos recursos económicos que se configuran como objetivo secundario (lo que estoy tratando de decir es que, sí, para poder tener éxito es necesario saber de finanzas, saber manejar dinero o, al menos, al que maneja el dinero).
Para terminar me permito citar a Napoleon Hill. Hay dos alternativas de comportamiento frente a los objetivos que nos hayamos fijado: Ir hacia ellos o alejarse de ellos. No merece la pena andarse con contemplaciones ni dilaciones. Hay que lanzarse a tumba abierta a la consecución de aquellos. La perseverancia, sobre la base de una convicción en los objetivos sólida, es la clave del éxito.

Anotaciones